Il Grimorio delle Soglie — gastronomia e mistero

Archeogastronomia

El Tubo que Alimentaba a los Muertos

Vino, miel y plomo en las tumbas de Roma

Acércate. Hay un orificio en el mármol, estrecho como un dedo, y alguien —hace dos mil años— vertía vino en su interior. No para los vivos. Para quienes dormían debajo. Descubre el refrigerium: el banquete que Roma preparaba para sus muertos, con mesas, triclinios y tubos de plomo clavados en el suelo.

La Leggenda

Se cuenta que las sombras de los difuntos —los *Manes*, esas presencias sutiles que habitan el umbral entre el mundo y su revés— nunca se alejaban del todo de las casas de los vivos. Se quedaban. Esperaban. Y si nadie les llevaba comida, se volvían inquietas: *larvas* hambrientas que se arrastraban por los recovecos de la noche, trayendo enfermedad y desventura.

Se cuenta que, durante los nueve días oscuros de febrero que los romanos llamaban **Parentalia**, cada familia cerraba los templos, apagaba los altares públicos y se desplazaba en silencio hacia los sepulcros que había fuera de las murallas. Los magistrados deponían sus insignias. Los sacerdotes no oficiaban. La ciudad, por nueve días, dejaba de pertenecer a los vivos.

Se cuenta de una anciana —la describe Ovidio con irónica ternura— que guiaba un rito secreto en el oscuro cruce de caminos: **ataba hilos de lana negra alrededor de siete semillas negras**, los apretaba entre labios cosidos de cera, los quemaba. «Así se atan las lenguas de los enemigos,» susurraba. «Así se apacigua a los muertos que nos observan.»

Se cuenta, en fin, que los banquetes en los sepulcros no eran conmemoraciones. Eran **comidas compartidas**: los vivos comían a un lado del mármol, los muertos comían al otro. Y el límite entre los dos comensales era un tubo de plomo, ancho como un dedo.

Il Vero

Lo que la leyenda sugiere, la tierra lo confirma —y da más miedo.

**Los Parentalia eran reales y estaban documentados.** El festival duraba del 13 al 21 de febrero. Ovidio, en el segundo libro de los *Fasti*, describe las ofrendas mínimas requeridas a los Manes: guirnaldas de flores, trigo, sal, **pan empapado en vino** y violetas esparcidas sobre la tumba. Eran los dones mínimos; quien podía llevaba más. El último día —el 21 de febrero— se celebraba la *Feralia*, la jornada pública de los muertos: Varrón la describía como «la fiesta de los difuntos», del latín *ferre*, llevar, porque ese día se llevaban víveres a los sepulcros como deber sagrado hacia los propios antepasados.

**Las tumbas tenían triclinio.** En las necrópolis de Isola Sacra, cerca de Ostia, las excavaciones han sacado a la luz estructuras funerarias dotadas de bancos de mampostería —*triclinia*— embutidos en las propias paredes de los sepulcros. Las familias se recostaban allí, entre los túmulos, y consumían la comida. Era la norma, no la excepción.

**Los tubos de plomo existían de verdad.** Es aquí donde la historia deja de ser leyenda. Insertados en las losas de mármol o de terracota que sellaban los sepulcros, **tubos verticales de plomo —en ocasiones de terracota— perforaban la tumba desde el exterior hasta los restos del difunto**. No eran simbólicos. Eran canales funcionales: la familia vertía en ellos vino, miel, leche, aceite. El líquido descendía directamente sobre los huesos o las cenizas, «alimentando» al muerto. Podían taparse con una pequeña tapa cuando no se necesitaban. Tracy Prowse, arqueóloga de la McMaster University que ha estudiado durante mucho tiempo estos hallazgos, cuenta que los tubos —cubiertos por dos mil años de tierra— son a menudo **la primera señal que indica la presencia de una tumba** durante las excavaciones.

**El ritual sobrevivió al cambio de fe.** En las catacumbas romanas cristianas, la práctica del *refrigerium* —el «refrigerio», el sustento ofrecido al muerto— continuó durante siglos. Muchos loculi estaban sellados con losas que presentaban **orificios o pequeños tubos verticales** a través de los cuales las familias vertían vino, leche y miel. Algunas paredes muestran todavía las manchas de líquido secular. San Agustín, en el siglo IV, escribía con desagrado sobre cristianos que llevaban comida y vino a los sepulcros de los mártires y allí banqueteaban como si aún estuviesen a la mesa con sus propios muertos. La tradición resistió, al menos hasta los siglos V-VI, según atestiguan excavaciones en Inglaterra —**en la catedral de Lichfield**, en los años noventa, se encontró un tubo de libación medieval, confirmando un hilo que no se rompió fácilmente.

**La ciencia de los restos.** La arqueozoología ha comenzado a cartografiar la comida de las necrópolis. En la necrópolis de Vila de Madrid, en Barcelona —activa entre los siglos II y III d.C.— los restos faunísticos hallados dentro y alrededor de las tumbas revelan **comidas rituales distintas del consumo cotidiano**: cortes especiales, especies menos comunes, huesos dispuestos con cuidado. No eran sobras de cocina. Algo elegido, preparado, *dedicado*.

Lo que impresiona, al contemplar todo esto en conjunto, no es lo macabro. Es la **continuidad del gesto convivial**. Los romanos no banqueteaban *por* los muertos en el sentido de un homenaje distante. Banqueteaban *con* los muertos —sentados en los mismos bancos, con el mismo vino que fluía en dos direcciones: por la garganta de los vivos, por el tubo de plomo para los otros. El banquete era el lenguaje elegido para no romper el vínculo. Y ese lenguaje, escrito en el trigo y la sal y el vino, **no dejó de hablarse durante al menos seis siglos**, desde las necrópolis republicanas hasta las catacumbas cristianas, desde España hasta Britania.

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